Revista Interuniversitaria Pedagogía Social

miércoles, marzo 09, 2016


PARA LOS MAESTROS Y PSICÓLOGOS.
Un regalito cariñoso.
Los juegos infantiles, relictos de antiguos rituales 

Daniel Vidart
El niño no es un proyecto de hombre ni un hombre jibarizado o incompleto sino un ser dotado con una psiquis abierta a un tiempo y un espacio propios, donde lo real y lo maravilloso configuran los extremos entre los cuales resplandece una personalidad singular.
Su afán inquisitivo lo lleva a preguntar incansablemente por el proceso causal que concede materia y significado a las cosas; es el dueño ingenuo al par que sapiente de un espíritu in status nascens y de una concepción animatista de la naturaleza circundante. Está poseído por un instinto adivinatorio y, a la vez, exhibe tal capacidad para el asombro y el entusiasmo que estos rasgos existenciales lo convierten en una entidad diferente de los adultos, representantes de un colectivo desencantado y escéptico.
Y es en el juego, precisamente, donde se manifiestan y perfeccionan la cualidades características de las distintas etapas de la infancia, estudiadas por J. Piaget en uno de sus trabajos (La formation du symbole chez l ´enfant: imitation, jeu et rêve, l959), en el cual clasifica los juegos infantiles en tres tipos: los de ejercicio, los simbólicos y los reglados. Van ejemplos. De los de ejercicio: la mancha; de los simbólicos: las niñas jugando a las madres; de los reglados: la payana.
El universo de los juegos.

El juego de los niños ha sido objeto de múltiples clasificaciones e interpretaciones. En estos juegos, y los correspondientes juguetes, se han definido tres sectores: el de la imitación del mundo lúdicro de los adultos; el de la conservación tradicional de vetustos rituales desfuncionalizados o degradados, tributarios de la magia, el chamanismo o la religión; el de los juegos más o menos espontáneos y repentinistas originados por los distintos tipos de creatividad correspondientes a las sucesivas etapas del desarrollo mental y motriz de la niñez.
Dentro de la inmensa variedad de juegos infantiles, que los lactantes comienzan a practicar desde muy temprano según las investigaciones de D. Winnicott (Playing and Reality, l971), unos se desarrollan sosegadamente en la asíntota inferior del reposo corporal - adivinanzas, muñecas, ta-te-ti-, otros se embriagan con la desmesura del vértigo - rondas veloces, carreras, saltos - en tanto que, planeando sobre todos ellos a modo de pájaro sagrado , se despliegan, ya la búsqueda del orden establecido por los arquitectos del Universo, ya la escapatoria de la tiniebla y confusión del abismo original . Estas dos modalidades, o sea la mathesis del Cosmos y la hybris del Caos - que en las postrimerías de lo creado se convierte en Apocalipsis - remiten al oasis (que en copto significaba techo, protección del sol ardiente) convertido por Dios en el Gan, el Jardín del Paraíso, y a su contrapartida, el desierto, el Edén ( édin en sumerio, edinu en babilonio significa erial, llanura estéril y no lugar de delicias como erróneamente se afirma ) donde reinan los demonios.
De tal suerte se instala en la peripecia del juego la eterna querella dialéctica entre la norma estricta del ludus - game y la invención no programada, y por ende escandalosa, de la paidia - play, esto es, el eterno conflicto entre la necesidad en cuanto sujeción conservadora y la libertad en cuanto sacrilegio innovador.
Dentro de ese universo consustancial a la infancia - se ha dicho que " los niños no trabajan, juegan ", siempre que no pertenezcan a la denigrada humanidad del Tercer Mundo, agrego yo - se destacan algunos aspectos que han atraído la atención de los folklorólogos y los etnólogos. Tales aspectos tienen que ver con las supervivencias de antiguos mitos y ritos cuyas formas y fórmulas pueden ser rastreadas y aún rescatadas tras la aparente intrascendencia de la actividad lúdicra infantil.
En este sentido M. de Montaigne decía en sus Essais (1595; hay ediciones actuales) que " los juegos de niños no son tales juegos, y que es preciso considerarlos como sus más serias actividades". La seriedad de estas actividades no solo se manifiesta en las disciplinas del juego reglamentado que fluyen de arcaicas ordenanzas seguidas al pie de la costumbre sino en el trasfondo trascendental de aquellas. Esto llevó a G.W. Leibniz a escribir que " hay tanta materia de reflexión en los cuentos de niñeras y en los juegos infantiles como en las obras de los filósofos."
Y bien, apelando a la complementaria visión del antropólogo, es posible estructurar, centrando exclusivamente la atención en ciertos juegos infantiles, una teoría del juego - relicto, del juego - banco de datos, del juego - sociedad secreta, es decir de aquellas actividades mentales o físicas desinteresadas que se orientan, si bien empobrecidas y fuera de contexto, no solamente hacia la teleología y la tecnología de ciertos juegos dejados de lado por los adultos sino a la arqueología espiritual de ritos añejos, tras cuya liturgia se abre el abanico de los mitos nacidos en la paleohistoria como esquemas simbólicos del mundo y de la vida.
Al respecto afirma J. Chateau: " Si es la sociedad infantil la que conserva la tradición, la fuente de la tradición proviene de otra parte. El niño es como el archivista que conserva riquezas ajenas. Y no conoce ni siquiera la fuente de esas riquezas, aunque a veces adivina confusamente que provienen de los ´ antiguos `. Es que, en efecto, esas fuentes están bien ocultas, tan bien ocultas que a menudo hasta el sabio no puede descubrirlas..." (L ´enfant et le jeu, 1958)
De idéntico modo, pero apuntando hacia el aspecto estacional de los complejos lúdicros, P. Esquieu expresa :" Esos juegos que se piensan librados al talante de las pandillas turbulentas que animan con su escándalo las esquinas y encrucijadas, son, o mas bien eran, reglados por el imperio de las costumbres, las cuales determinaban que en cada época del año se jugase a tal o cual juego, y no a ningún otro." Esquieu se refiere a los ritmos y momentos de la actividad recreativa infantil, aspectos por todos conocidos, pero otra comprobación del mismo autor revela un aspecto digno de ser señalado: el de la sociedad secreta, el de la cofradía que conserva celosamente en su seno los misterios de un complicado universo de ceremonias.
Dichas ceremonias, cuyo nombre deriva del munus, el deber religioso de la muy formalista ciudad etrusca de Ceres, se efectuaban públicamente para honrar a las potencias creadoras, a los puntos cardinales de la tetrapartición del espacio-tiempo -o sea el cronotopo templario- , a las teofanías de la gracia y a las kratofanías del poder. Hoy, olvidadas por los adultos, han quedado en manos de los niños, quienes las han reducido al manejo " en si y para si", como diría Hegel, de objetos esféricos, de cuerdas, de palos, de artefactos voladores y al ejercicio de todo tipo de maniobras manuales y corporales, amén de remotas fórmulas de encantamiento transformadas en trabalenguas, en cancioncillas ininteligibles y frases sin aparente sentido. "Ha existido siempre una especie de masonería entre los niños", dice Esquieu, complementando la observación anteriormente citada. (Les jeux populaires de l´enfance à Rennes, l890)

Hacia el rescate de los antiguos ritos

La búsqueda de este camino hacia el pasado lúdicro de la humanidad reconoce tres modalidades de rescate. La primera se refiere a la de los restos materiales de liturgias arcaicas y maniobras mágicas llevadas a cabo por los pueblos de distintos tiempos y culturas - los dados, las tabas, los tableros y fichas, los discos de las olimpíadas helénicas, las bramaderas australianas, las katchinas de los indios zuñi de los EE.UU. - ; la segunda se centra en el estudio de los documentos escritos que describen y clasifican los juegos que se han desprendido de viejos rituales, tal cual lo hiciera Rodrigo Caro (Días geniales o lúdricos, l625) con relación a los practicados por griegos y romanos: oscolíos, rayuela ; astrágalos, taba ; corico, paganica y harpasto, pelota ; reticulum, raqueta ; pentalitha, payana , etc. -, y tal como fluye de los testimonios de las civilizaciones letradas - el juego de cometas según los escribas chinos, el juego de las canicas o bolitas según los autores europeos - ; la tercera apunta a las pesquisas in situ realizadas por los folklorólogos en las sociedades civilizadas - la ciudad supone la escritura si bien existen analfabetos, sobre todo en el campo- y en el seno de los pueblos ágrafos contemporáneos.
En esta última dirección figuran, entre otros, los estudios de Y. Hirn (Jeux des enfants, l943) y de M. Griaule (Jeux et divertissments abyssins, l935; Jeux de Dogons, l938 )
De los trabajos citados fluye con claridad que muchos de los juegos infantiles, estereotipados a lo largo del tiempo y repetidos con fidelidad formalista por sucesivas generaciones de niños, son el trasunto de antiquísimos cultos relacionados con la fecundidad, con las etapas de vida y los ritos de paso, con el advenimiento implacable la muerte, con la reiteración circular del tiempo, con los espíritus de ultratumba, con el destino de las almas, con el Sol, la Luna y las estrellas, con la preservación de la salud, con la regularidad y abundancia de las cosechas.
El tiempo del trompo y el mundo lúdicro

El análisis de las alusiones míticas y rituales subyacentes en el juego de las cometas, la rayuela, las rondas vertiginosas, el columpio, la pelota, el balero, los zancos, los dados, etc. constituyó uno de los objetivos de mi libro El juego y la condición humana (2ª edición. l999) Estos aspectos han sido abordados por los diccionarios de símbolos (Cirlot, Biedremann, Chevalier - Gheerbrant, etc.) y los relativamente pocos autores que han escrito sobre el tema. Si bien la naturaleza de este breve ensayo me dispensa de la profundización casuística en cada uno de los juegos que fueron o son practicados en el seno de la civilización de Occidente, quiero, no obstante, remitirme a dos breves apuntes de mi aludida contribución al tema.
El uno se refiere al juego - supervivencia, tal como expreso en los siguientes fragmentos :" ...cuando se juega al actualmente denominado fútbol - un juego de pelota sin más, propio de muchas culturas - los ´ antiguos ` o ´ primitivos` evocaban la lucha de las tribus adversarias por la propiedad de la esfera solar, dispensadora de la vida en nuestro planeta ; cuando se remonta una cometa (o pandorga, voz derivada de pandero) nos remitimos - hoy ya sin saberlo - a la dualidad existente entre el cuerpo que se queda aquí abajo y el alma que, hilo arriba, conversa con los dioses; cuando se asciende, trabajosamente, por el palo enjabonado, se trepa nada menos que por el Arbol del Mundo, rumbo a las estrellas y a las divinidades que, semejantes a plateadas abejas, vuelan en un huerto de flores luminosas ; la rayuela, ya se considere como un esquema de los pasos que conducen al Cielo, ya como un remedo de las dificultosas pruebas de iniciación, nos transporta, mas allá de su laberinto dibujado con tiza en las baldosas, al reino de Las Madres entrevisto por Goethe y vigente, hace milenios, en las teofanías del Asia Menor. " (Op. cit. p. 10)
"De este modo ...el columpio conjura mágicamente la aparente detención del Sol en los solsticios para que aquel se desvare y ´ retroceda ` a efectos de preservar el ciclo regular de las cuatro estaciones ; las muñecas son el trasunto de los ritos de fecundidad celebrados en todo el mundo agrícola protohistórico ; los animales rodantes de arcilla de México y el Viejo Mundo no son la expresión de juegos infantiles sino objetos ceremoniales que los mayores ponían en marcha para que el Sol siguiera dando vida y alimentos al hombre". (Op. cit. pp. 75 - 76 )
El otro fragmento analiza las relaciones entre la payana (término proveniente de la voz quechua pallani, " recoger lo caído") practicada por los mochicas o moches con porotos pallares, y la pentalitha - o sea cinco piedras - griega, pero como se trata de un desarrollo relativamente extenso me remito a las pp. 22 - 24 de mi aludido libro.
Un dato a retener es que estos juegos estaban y siguen estando ordenados en sistemas temporales: cada estación desplegaba un abanico de juegos estrictamente centrados en las características meteorológicas y productivas de la vegetación y de los animales domésticos propias del invierno, el verano, la primavera y el otoño, es decir, las épocas regidas por los solsticios y los equinoccios. Un autor europeo - no olvidar la inversión de las estaciones en el hemisferio sur - nos dice al respecto:" Cada juego infantil se centra en la estación precisa que le ha sido asignada por la tradición : el trompo en primavera, las bolitas en verano, los tejos en otoño ;la búsqueda del tesoro en invierno ." (J.Grane, Jeux et Jouets, 1979)
De los juegos infantiles citados puede interesar, a título de ejemplo, un breve examen de lo que se esconde detrás de los trompos y las cometas.
El trompo, llamado strombo entre los griegos, es decir, el que rueda o gira, tiene un nombre onomatopéyico relacionado con la rotación, con el torbellino acuático o aéreo, con la tromba. Era un juego practicado por los griegos y romanos, al punto que Virgilio lo describe en el libro VII de la Eneida. Pero las raíces son mucho más lejanas. Su zumbido lo identifica con el trueno, con el rezongo aéreo de la tempestad, es decir, con las fuerzas aéreas que provocan la lluvia. El trompo reconoce dos modalidades : la del palo bramador o mugido del toro, y de ahí su nombre inglés bull roaer, usado, entre otros pueblos, por los aborígenes australianos, y el de la peonza, el peón que gira sobre una púa luego de ser lanzado al suelo mediante un cordel o latiguillo.
Debo limitarme al trompo terrestre, dejando de lado el aéreo, el bull-roarer, cautivo de la chaura que lo hace girar y aullar, a tal punto que entre las tribus de aborígenes australianos ese lamento y reclamo a la vez -el clamor sagrado de los dioses celestiales o uránicos del poder- solo puede ser escuchado por los hombres y no por las mujeres, obedientes al dictado de las divinidades terrenas o chtónicas- de la fecundidad.
El trompo de madera tiene individualidad propia, lo anima una especie de vida que se desarrolla y agota a lo largo del impulso que lo yergue sobre la púa, y lo hace girar y ronronear, arrogantemente, hasta que las fuerzas se acaban y cae, derrotado por la gravedad, sobre su combo vientre que lo asemeja a un higo. Y digo así recordando las "brevas", y no las " chatas", con las que yo jugaba con otros niños durante mi infancia.
No es el del trompo un juego solitario. Es un juego social que remeda una batalla. A veces, con una hábil maniobra, se levanta de las baldosas el brioso objeto giratorio y se le hace "dormir" en la palma de la mano, pero su vocación es guerrera. Su belicoso y a veces peligroso ejercicio propiciaba los combates entablados entre los lanzadores a los efectos de "matar" al trompo contrario o sacarlo del círculo mágico que lo protegía de la hostilidad del "afuera", esa tierra extraña, ese espacio donde los hombres que han sido expulsados de su comunidad se convierten en extranjeros, en presas del Demonio, en criaturas abandonadas al capricho del Otro.
He utilizado los verbos en tiempo pretérito pues hoy los juegos electrónicos y otras actividades lúdicras han desplazado, por lo menos en los centros urbanos, toda la artesanal parafernalia de juegos y juguetes tradicionales que durante milenios habían sido fielmente mantenidos y utilizados por los niños.
Se han hallado peonzas de barro en las ruinas de la antigua Troya. No se sabe si se utilizaban como en el siglo XIX francés, por ejemplo, cuyo uso ha sido vinculado por los folklorólogos con una reminiscencia de los cultos ígneos, con el encendido del fuego. (Esquieux, Op. cit.) Los aldeanos ingleses hacían girar durante el invierno enormes trompos accionados por sus brazos para sacarse el frío: el fuego, el calor, era evocado por una maniobra simbólica y a la vez gimnástica. Y efectivamente, mover esos enormes trompos de madera hacía circular la sangre en los miembros ateridos. Este gran juguete no era privado: pertenecía a la comunidad aldeana. Quizá en épocas mas lejanas, que podrían remontarse hasta el neolítico - y esto va por cuenta de algunas aventuradas interpretaciones - unos trompos mánticos, también de gran tamaño, serían utilizados para predecir el porvenir, y no es de descartar que fueran los antecesores de las perinolas, esos adivinos giratorios mitad trompos, mitad dados.
Una de las prácticas medievales muestra que durante el mes de febrero, cuando comienzan a abrirse las puertas de la primavera, se abrían las puertas de las iglesias y desde allí se lanzaban grandes trompos, zumbando a mas no poder, hacia el espacio profano.¿Qué significado tenía este ritual ?
Los investigadores europeos todavía no han dado una respuesta verosímil. Los etnógrafos, en cambio, sí saben que se emplean en los cultos de fecundidad. Así lo comprueba A. Jensen (Mythos und Kult bei Naturvölkern, l960) al decirnos que los varones kajan de Borneo hacen girar pesados trompos de 30 centímetros de alto durante las festividades de la siembra. En cambio los nagas de Indochina los ponen en movimiento durante los ritos fúnebres en honor a los guerreros. Sin embargo hay días interdictos para hacerlos girar. Si el arroz aún no ha echado espigas es porque la tierra está preñada, y la rotación del instrumento aceleraría de modo inconveniente el proceso de maduración.
El trompo es un barreno giratorio, un minúsculo huracán momificado, una púa agresiva que hiere y desplaza al otro trompo de la "troya". Representa la rotación de los elementos activos de la naturaleza, el torbellino de la vida que se apaga para regresar de nuevo, la evocación del eterno retorno que obsesionaba a Eliade. Se trata de un juguete cuajado de símbolos, de perfumes de muy lejanas creencias y cultos. Pero los niños, felizmente, están al margen de estas historias.
Ya están, allá arriba, las cometas
Lo mismo sucede con las cometas, cuyo nombre viene del griego komee, cabellera Tienen en algunas partes nombres de aves, pues como ellas vuelan. A la vez están cautivas, firmemente retenidas por un cordel que las une con la tierra. Acá abajo reside el cuerpo de quien las iza. Allá arriba, en el viento, en el sonar de los flecos, en las evoluciones de la cola, en los "saludos" y tentativas de huida cuando se les suelta el hilo recogido previamente, se mecen y cabecean las almas de los mortales, pugnando por escapar de la cárcel terrestre. Así por lo menos se cree en la China, país donde quizá las cometas tuvieron origen.
Cuajadas de alusiones al ascenso de las almas, trasuntos de ritos de una remota funebria y juegos psicopómpicos, las cometas que remontara el griego Arquitas de Tarento y antes que él, incontables generaciones de hechiceros, chamanes y adivinos, se ha convertido en un juguete en manos de los niños. Estos, a veces simulan combates poniendo filos en las colas, para cortar los cordeles de las cometas rivales - barriletes, estrellas, pandorgas, papalotes, gallinazos, papagayos, tarascas, volantines, chichiguos o como quiera se las llame por el gracejo popular - y en otras ocasiones envían "cartas" que ascienden veloces por el hilo con mensajes a los seres, que, en lo alto, miman ser espíritus del aire, pequeños trasgos, ángeles translúcidos, dragones en fuga, aves prisioneras.
Pero los niños, atentos a la alegría del vuelo, a la liviana gracia del artefacto a veces fabricado por sus manos-, a las evoluciones, titubeos y fracasos del objeto coloreado y susurrante que sube cada vez más alto, o que colea peligrosamente, o que se precipita a tierra como una rota flor de caña y papel, nada saben de las antiguas fuentes, de los sumergidos ritos de otrora. Son los guardianes de liturgias esotéricas pero se limitan al pragmático goce del aquí y ahora del juego. Llenos de orgullo y autoestima, se regodean con la certidumbre de ser los amos y señores del juguete, los amos del espacio lúdicro, los inventores del mundo.
Y así fue y así es. Sin obligación ni sanción remontan sus cometas, saltan a la cuerda, juegan a la mancha, embocan baleros -sin imaginar que remedan el coito y tras él a la fecundidad-, caminan con zancos, demuestran sus habilidades con las cinco piedras de la payana, giran en locas rondas, hacen puntería con las bolitas y se lucen en el rango. De tal modo, en los distintos pueblos, tejen el tapiz lúdicro de modalidades lugareñas, a veces muy distanciadas de las que imperan en nuestro orbe cultural. Si bien muchos juegos tradicionales solo sobreviven en perdidas aldeas, los diligentes pescadores infantiles de la homologación consumista siempre recogen con sus redes nuevas modalidades lúdicras del mundo de los adultos e inventan, sin cansancio otros juegos acordes con el Zeitgeist, el espíritu del tiempo.
Y aunque aparentemente nuevas, las suyas, en definitiva, son las eternas formas de hablar con los genios de la existencia cotidiana, con las hadas del recreo, con los ángeles de la fiesta. De tal modo hacen huecos en el tiempo de las obligaciones que les imponen los adultos para regresar una y otra vez al íntimo Olimpo donde cohabitan y conversan con sus dioses familiares mediante maniobras y lenguajes solo inteligibles para esas sociedades de iniciados que, sin tener conciencia de ello, miman con el juego los orígenes de los seres y las cosas, los misterios del más allá y el más acá, las incertidumbres de la vida y la puntualidad de la muerte.
La civilización globalizante contemporánea está matando a los viejos juegos infantiles. Apenas subsisten en nuestras ciudades. El mundo cibernético, este nuevo monstruo que aquieta los cuerpos, esclaviza los miembros y devora los ojos, estos teléfonos sabios, estos juguetes electrónicos, han sosegado el gozoso ir y venir de los pequeños Prometeos. Felizmente, otras parafernalias dinámicas enjugan esa gran pérdida. Gracias al fútbol y demás actividades atléticas los niños del mundo contemporáneo salvan, en la balsa del deporte, a los sobrevivientes del naufragio de la paidia y el ludus de otrora. Pero si bien el juego se cuela en el deporte, el juego propiamente dicho habita otras comarcas de la geografía del espíritu.

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